Últimamente, me he dedicado más a vivir que a escribir. He ausentado mi inspiración, porque, a decir verdad, está tan saturada que no sabe por donde empezar. Desde hace un tiempo todo me parece maravilloso, mágico e insuperable. Todo tiene luz, no hay nada que pueda ocultarla, ni siquiera un interruptor. Cada paso se da con ilusión, con pasión;  el aire, además de ser limpio, tiene un aroma espléndido. Aquello que me costaba hacer, ahora nace de mí; ya, ni me molesta escuchar el despertador todas las mañanas.

Y es que, es magnífico que un sentimiento como el que me conquista, se apodere de mí. Soy de arriba a abajo una sonrisa que no se cansa de mostrar sus dientes; un corazón rojo que no se agota de bombear cada vez más fuerte; un globo que deambula por las nubes; una botella con mensaje encontrada en la otra punta del universo; una burbuja de alguna cerveza. Soy una pizarra escrita por algún sabio, la tiza con la que escribe y el borrador con el que deshace su hipótesis; una pared recién pintada, y una gota de pintura en ese periódico que protege al suelo. Soy una montaña envuelta por mantos de agua, y una piedra dispuesta a pertenecer a una futura mesa; el espejo que refleja la nada y la foto que representa el todo. Soy la estrella fugaz que nunca vi y el paisaje con el que me sorprendí. Soy el abrazo de la eternidad y el beso de la poesía. Soy el velero, el barco el crucero, la fuente, el agua, la baldosa, la escarcha; soy la atmósfera, la capa de ozono, la naturaleza y un loro. Sábanas, mantas, frío, invierno, lluvia y azulejo. Soy persona, humana, víctima de la evolución del hombre. Y además, tengo cinco sentidos (otros tantos por descubrir), órganos, venas, cerebro... y lo más importante, te tengo a ti, que resulta que eres el ingrediente necesario para desarrollar todo lo que he descrito.

Sal de fruta con mentos.